Ilustraciones editoriales generadas con IA; no son imágenes documentales del hallazgo.
Ficha de expediente
En la Cueva de los Murciélagos de Albuñol, el caso estudiado es la conservación de cuerpos parcialmente momificados y de objetos orgánicos en una cavidad excepcionalmente seca. La explicación más prudente no empieza por una técnica funeraria, sino por el ambiente: aire seco, circulación constante y pérdida rápida de agua en los tejidos.
Ese matiz importa porque no toda momia implica embalsamamiento. Una cosa es que un cuerpo conserve piel, tendones u otros tejidos por desecación natural; otra, muy distinta, es demostrar que una comunidad aplicó un procedimiento intencional para producir ese resultado. La cueva granadina permite entender esa diferencia con claridad, y el contraste con el estudio académico del Sado Valley ayuda a separar preservación real de tejidos e inferencias tafonómicas sobre el tratamiento del cadáver.
Una momia natural empieza por quitar agua

La descomposición depende, entre otros factores, de la actividad de microorganismos que necesitan humedad. En ambientes secos, la pérdida rápida de agua en los tejidos puede frenar la actividad de los microorganismos y favorecer la conservación. Dicho de forma sencilla, el cuerpo se convierte en un material biológico deshidratado antes de que la putrefacción avance como lo haría en un entorno húmedo.
Esta es una explicación de mecanismo, no una prueba de ritual. Si la piel o ciertos tejidos se secan con rapidez, pueden endurecerse y mantenerse durante mucho tiempo. La ventilación ayuda porque retira humedad del entorno inmediato; la sequedad ayuda porque impide que el cuerpo recupere esa humedad. No hace falta imaginar resinas, cortes, sales aplicadas por manos humanas o recetas comparables a las de otras culturas para explicar la conservación cuando el propio espacio actúa como agente desecante.
La cueva como máquina de desecar
La cavidad favorece ventilación constante por su orientación, junto con una sequedad casi absoluta en el interior. Esa combinación es decisiva: una cueva cerrada y húmeda puede proteger objetos de la intemperie, pero también favorecer hongos, bacterias y degradación orgánica. Una cueva seca y aireada, en cambio, puede funcionar como una cámara natural de secado.
La diferencia no es menor. La momificación artificial busca controlar el proceso mediante acciones humanas; la momificación natural depende de que el entorno lo controle sin intención. En Albuñol, la lectura disponible apunta a esta segunda posibilidad: la conservación sería consecuencia de un microclima excepcional, no de un embalsamamiento demostrado.
Una analogía útil, sin convertirla en medición real, es la de los alimentos desecados: al retirar agua, se frena parte de la actividad microbiana. En una cavidad con aire seco y renovación constante, los tejidos blandos pueden seguir una trayectoria parecida de pérdida de humedad, aunque con una complejidad biológica y tafonómica mucho mayor.
Los objetos conservados también cuentan la historia

Además de los cuerpos, se conservaron materiales orgánicos frágiles como esparto, madera y cuero. Este dato es importante porque desplaza la explicación desde el cuerpo aislado hacia el contexto completo del yacimiento. Si materiales vegetales y animales delicados sobreviven en el mismo entorno, la hipótesis ambiental gana fuerza.
El caso no se limita, por tanto, a restos humanos llamativos. La preservación de cestería, cuero o madera indica que la cueva ofreció condiciones raras para muchos tipos de materia orgánica. Si solo aparecieran cuerpos conservados y los demás materiales se hubieran destruido, habría más margen para sospechar tratamientos específicos sobre los cadáveres. Pero cuando el entorno conserva también objetos vulnerables, la desecación natural se vuelve una explicación coherente.
El estudio de 2023 sobre cestería identificó las cestas como la evidencia de cestería más antigua conocida en el sur de Europa. Según la pieza divulgativa consultada en Muy Interesante, ese trabajo reciente ha renovado el interés por la cueva y por sus materiales orgánicos. En esta crónica no se fija una cronología cerrada para los cuerpos, porque aquí no se ha usado un documento primario patrimonial o científico que permita hacerlo con la misma seguridad.
Por qué el valle del Sado no demuestra lo mismo que Albuñol
El contraste con Portugal es útil porque muestra otra vía para hablar de momificación. El artículo académico del Sado Valley usa arqueotanatología y tafonomía experimental para sostener que algunos cuerpos pudieron ser momificados antes del entierro. El estudio, publicado en el European Journal of Archaeology, no se basa en tejidos blandos conservados como prueba directa en todos los casos, sino en la posición de los huesos, la compresión del cuerpo y modelos tafonómicos comparativos.
Ahí está la diferencia clave. En Albuñol se discute la preservación material de tejidos y objetos orgánicos en una cueva seca. En el Sado Valley se propone que algunos cuerpos pudieron haber sido preparados o desecados antes de enterrarse, a partir de indicios arqueotanatológicos. Ambas líneas pueden usar la palabra momificación, pero no significan exactamente lo mismo ni tienen el mismo tipo de evidencia.
La arqueotanatología observa cómo se desarticulan los huesos, cuánto espacio ocupó el cuerpo al descomponerse y si ciertas posturas son compatibles con un cadáver fresco, envuelto, atado, desecado o manipulado. Es una herramienta poderosa, pero interpretativa. La conservación directa de piel o fibras orgánicas, cuando existe, ofrece otra clase de información: permite estudiar materiales que normalmente desaparecen.
Cómo evitar atribuir una técnica donde basta el ambiente
La pregunta crítica no es si hubo momias, sino qué produjo esa momificación. Para hablar de embalsamamiento harían falta indicios específicos de intervención humana: sustancias aplicadas, cortes técnicos, patrones repetidos de preparación, envoltorios funcionales asociados a un proceso de secado o una cadena operativa reconocible. La mera supervivencia de tejidos no basta.
En Albuñol, la explicación ambiental tiene tres apoyos conectados: sequedad extrema, ventilación y preservación de otros materiales orgánicos. Esa combinación reduce la necesidad de invocar una técnica funeraria no demostrada. También evita una comparación fácil pero engañosa con Egipto: que dos contextos produzcan cuerpos conservados no significa que compartan tecnología, religión ni procedimiento.
El proyecto MUTERMUR reúne varias instituciones para estudiar la cueva, incluyendo Universidad de Alcalá, Comunidad de Madrid, CSIC, UAB y Universidad de Granada. Ese marco de investigación es relevante porque permite pasar de la fascinación por las momias a preguntas más concretas: qué materiales se conservaron, bajo qué condiciones, con qué cronología y mediante qué procesos de degradación o supervivencia.
La consecuencia: leer la cueva como un laboratorio tafonómico
La Cueva de los Murciélagos de Albuñol no solo interesa por la rareza de sus cuerpos parcialmente momificados. Su valor está en que conserva un conjunto de señales orgánicas que normalmente se pierden: tejidos, fibras vegetales, cuero, madera y cestería. Eso permite estudiar prácticas humanas antiguas sin convertir automáticamente cada objeto conservado en prueba de una técnica funeraria compleja.
La lección metodológica es concreta: primero hay que explicar qué hizo el ambiente; después, y solo si quedan indicios independientes, preguntar qué hicieron las personas. En una cueva seca y ventilada, la naturaleza puede momificar. La tarea científica consiste en distinguir esa acción silenciosa del entorno de una intervención humana real.
Fuentes y documentación
- Muy Interesante Ciencia — Momias de la Cueva de los Murciélagos
- Mummification in the Mesolithic: New Approaches to Old Photo Documentation Reveal Previously Unknown Mortuary Practices in the Sado Valley, Portugal | European Journal of Archaeology | Cambridge Core
- Proyecto MUTERMUR — conservación por desecación natural
- Science Advances — The earliest basketry in southern Europe (2023)




